OTRO PREMIO DE RELATO PARA MERCEDES MARTÍNEZ LÓPEZ.

Como otros años, nuestro colegio ha participado en el concurso de relatos y cuentos que organiza la Asociación de la Ermita de San José para los alumnos de 5º y 6º de Primaria. Según la organización de este concurso, la participación este año ha sido muy alta y la calidad de las obras presentadas también.

Desde nuestro colegio queremos dar la enhorabuena a esta asociación por la gran labor que realizan en recuperar espacios y tradiciones de antaño.

Y, como no, nuestra enhorabuena a Mercedes Martínez López, de 6º de primaria, por el premio que ha conseguido en este concurso, por segundo año consecutivo.

Eres una gran escritora. Sigue deleitándonos con tus relatos.

A continuación, os dejamos el relato ganador.


“Y LLEGÓ LA HORA” 

-“No llego, no llego”-pensaba el labrador mientras cultivaba sus verduras. Su tarea era regar las plantas y sembrar el huerto. Estaba agobiado porque veía que no iba a poder acudir a la gran cita. Incluso, debía cambiarse de ropa y quitarse la túnica verde y los pantalones que llevaba por debajo de la misma, para ponerse sus mejores prendas e ir elegante.

-“No llego, no llego” –se decía el moro mientras escribía poesías. Él quería hacer unos versos para cuando llegara el esperado momento, pero no estaba inspirado debido a tantos nervios, y el tiempo se agotaba.

-“No llego, no llego” –repetía el judío. Él estaba esperando, excitado, a su cliente para hacerle un préstamo. La impuntualidad de este le iba a hacer llegar tarde a un acontecimiento tan importante. Estaba angustiado.

-“No llego, no llego” –se desesperaba el fraile. Él estaba rezando por los conflictos que sucedían en toda Europa y quería que todas las personas estuvieran protegidas. Quería terminar sus oraciones, pero estaba muy impaciente.

-“No llegamos, no llegamos” –exclamaron a la vez don Juan Manuel y doña Constanza. La dama les estaba ayudando a ponerse sus mejores galas. La princesa llevaba un vestido pomposo, de color violeta y azul turquesa, con un corpiño lleno de perlas blancas. El príncipe iba vestido con una casaca roja, unas botas marrones y una capa con el símbolo de la mano alada. La dama, apresurada, calzaba a la princesa con unos zapatos dorados. Ellos sí que no se podían retrasar.

Después de tantas carreras y tantos nervios, se reunieron en la Plaza Mayor. El pueblo entero estaba presente allí. Esta estaba engalanada con flores, estandartes y velas aromáticas con olor a miel. Los niños corrían, ansiosos, de un lado para otro. El labrador, el moro, el judío, el fraile, don Juan Manuel, doña Constanza y la dama se encontraron allí.

-¡Creía que no llegaba! – dijo el labrador.

-Lo mismo me ha pasado a mí –afirmó el fraile.

-Lo importante es que sí que nos ha dado tiempo –comentó la dama, suspirando.

-¡Hoy no podíamos faltar –exclamó el judío- a esta importante cita!

Sonriendo, la princesa doña Constanza opinó ilusionada:

-¡La Plaza está preciosa! ¡Me encanta esta alegría!

El labrador, con mucha amabilidad, les dijo:

-¡Os he traído unas verduras de mi huerta!

-¡Uh! ¡Qué mala pinta tienen! –exclamó de mala manera el fraile.

-¿Cómo? –preguntó el labrador enfadado a la vez que sorprendido.

-Escuchad, escuchad –gritaba el moro- he compuesto unos bonitos versos:

“El reloj comienza a sonar.

Los habitantes de Villena

con alegría y sin pena

se disponen a celebrar.”

-Yo que entiendo algo de poesía me parece que estos versos son un poco sosos –comentó don Juan Manuel.

Y el moro se enojó. El ambiente parecía un poco tenso y la gota que colmó el vaso fue cuando el judío le reclamó a este unos maravedíes que le debía. Comenzó una acalorada discusión entre todos ellos.

Y llegó la hora. En ese momento las campanas de Santa María comenzaron a repicar y todo el mundo dirigió su mirada hacia la Torre, una construcción esbelta, firme y que adornaba la Plaza. Eran las doce en punto, esa hora marcaba el reloj. Por fin, se inauguraba la Torre. Y lo mejor estaba por llegar. Cuando las doce campanadas terminaron de sonar, apareció él: El Orejón de Villena. Todo el mundo se quedó asombrado al ver sus enormes orejas, que eran como tejas, de su amplia sonrisa, de su plácida mirada y de la tranquilidad y paz que transmitía. Los niños se quedaron boquiabiertos y la gente mayor no paraba de aplaudir. Todos los hombres y mujeres estaban felices.

En ese momento, el labrador, el moro, el judío, el fraile, don Juan Manuel, doña Constanza y la dama dejaron de discutir. La dama le dio un beso maternal a doña Constanza. Doña Constanza le cogió, a su vez, la mano al príncipe. El príncipe reconoció que los versos del moro sí que le habían gustado. El judío le perdonó al moro los maravedíes que le debía, diciéndole que no tenía importancia. El fraile, con educación, le comentó al labrador que sus lechugas tenían un color espectacular. Y así se fueron perdonando gracias a la presencia del nuevo habitante de la Torre.

Por todo ello, prepararon una fiesta en la Plaza Mayor, celebrando, con emoción, el descubrimiento del innovador reloj y, a la vez, aplaudieron la amistad fiel que entre ellos volvió a nacer. Comieron sabrosos chorizos, curados quesos de cabra y carnes con especias. Brindaron con olorosos vinos, y cantaron y bailaron al ritmo de los tambores, festejando que el Orejón siempre iba a estar presente en sus vidas.

 

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